Relato sobre acoso escolar: “El puente”

Se subió al pretil del puente en el momento en que la tarde se desvanecía en busca del ocaso. Había vagado durante horas por los alrededores del rio, paralelo a la línea del ferrocarril, intentando comprender por qué a sus doce años la desdicha se había asentado en su vida con la misma fuerza que un huracán tumbaba los árboles. El teléfono móvil avisó decenas de veces de whatsapp y llamadas recibidas que ella ni siquiera miró. Qué más daba ya, la decisión estaba tomada.

***

– Carolina, me voy  a trabajar, te dejo el desayuno en la mesa de la cocina. No te demores, que llegas tarde al cole. Un beso, hija- exclamó su madre desde el inicio de la escalera que daba a los dormitorios, mientras apresurada recogía el abrigo; el bolso y un alijo de papeles.

Apenas si probó el Cola-Cao; sólo cogió una de las galletas que mordisqueó al tiempo que echaba a sus espaldas la mochila escolar. Cerró la puerta tras de sí, esbozó un gesto de resignación y, con paso lento y desganado, inició la rutina diaria. Unas pocas manzanas más adelante se abría una espaciosa plaza circundada por un cerramiento de mampostería coronada por una verja de hierro, en cuyo interior cuatro enormes cinamomos mostraban su desnudez invernal; al fondo, un adusto edificio de cantería albergaba el viejo colegio.

En la puerta de acceso, un enjambre de criaturas se agolpaba con prisas por entrar para evitar la gélida temperatura de la mañana de Enero.

Se sentó junto a su compañera Virginia, después de despojarse del abrigo y la bufanda que colgó con templanza en el respaldo de la silla.

-¿No tienes frío? –le preguntó mientras se soplaba las manos con el calor de su aliento. Virginia, sin contestar, escrutó la cara de su amiga como queriendo saber cuál era hoy su estado de ánimo, al tiempo que los alumnos más juguetones correteaban por entre las mesas aprovechando que el profesor todavía no había entrado en el aula. De repente, Carolina recibió un golpe en la nuca y sus gafas cayeron al suelo dejando uno de los cristales hecho añicos. Esther y otra compañera, lejos de arrepentirse, arremetieron con burlas contra la chica jaleadas por  otras compinches: – ¡Topacio, un ojo aquí y otro en el espacio!- Carolina recogió las gafas y aceptó la humillación resignada, era la primera de las muchas que se sucederían a lo largo de la mañana. Por desgracia, ya estaba acostumbrada. Sólo Virginia sabía lo que su amiga estaba sufriendo, así que se convirtió en su único apoyo.

– ¿Por qué no le dices al profe lo que hacen contigo, Caro?, es muy duro y te está afectando en las notas. ¿Y a tus padres, por qué no hablamos con ellos? Yo puedo ayudarte.

– Para qué Virginia, si nadie me hace caso, ya lo he intentado varias veces y siempre me dicen lo mismo- le contestó sin levantar la cabeza del móvil que emitía las burlas cotidianas a través del whatsapp.

Fue Virginia quien aquella mañana, durante el recreo, forzó a su amiga a hablar de nuevo con el profesor.

– Don Antonio, ¿puedo hablar con usted?

– Carolina, ¿ya estás otra vez?, mira que eres floja. Eres la única de la clase que tiene problemas con sus compañeros. Anda, mujer, vete a jugar y no seas tan tiquismiquis.

Las dos amigas se sentaron en un rincón del patio del recreo, pero Esther y las suyas volvieron al acoso diario, a vejar a la que más dejaba entrever sus síntomas de debilidad. Cuando entraron en clase, al finalizar el recreo, el profesor preguntó a Carolina por sus gafas y por todas esas manchas de barro que salpicaban su vestido:- Me he caído, Don Antonio-, contestó con gesto resignado y la voz casi rota.

Cuando llegó a casa, su madre, que faenaba en la cocina mientras con una mano sostenía el móvil y hablaba compulsivamente con su interlocutor, exclamó al verla: -¿Pero bueno, se puede saber por qué vienes así de barro?, ¿y las gafas?

-Me he caído, mamá, y las gafas se me han roto.

Carolina, después de recibir la reprimenda de su madre, subió a su habitación, se cambió de ropa y salió de nuevo a la calle.

-No tardes, vamos a comer pronto, que tengo que volver al trabajo.

***

A lo lejos se oía el traqueteo del tren y, entre los pinos de un cerro lejano, las sombras del crepúsculo advertían del inminente final del día; como el inexorable final que Carolina había elegido, mientras su móvil no paraba de sonar.

Juan Andrés Serrano Blanco

En memoria de Carla Díaz, que con catorce años se suicidó tirándose de un acantilado en Gijón, el 11 de abril de 2013. Sufría acoso escolar.

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2 thoughts on “Relato sobre acoso escolar: “El puente”

  1. Me llena de tristeza leer esto. Mi hija no se suicidó pero pensó en hacerlo. Sufrió acoso psicológico y social durante más de un año. Cuando denunciamos empezaron a acosarla los padres, socialmente está hundida ya que esto es un pueblo pequeño. A nadie le importa lo que está sufriendo. Escribo esto desde la sal de espera del terapeuta.

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    1. Lástima de sociedad, hay mucha ignorancia, y muchos ignorantes. Publicamos este relato para concienciar y ayudar a muchas personas que luchan por superar este gran problema. Aquí estamos para ayudaros, tanto presencialmente (si vivís por Sevilla) como a través de este blog, por redes sociales, como por teléfono. Seguid dándole todo vuestro apoyo y amor, esperamos que mejore la situación y de nuevo te recuerdo que aquí estamos para ayudaros con lo que queráis. Un abrazo.

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